Astronautas

Foto: Archivo Particular
Los astronautas eran proyectados como superhombres que debían tener familias y esposas perfectas. Casi medio siglo después, las mujeres destaparon historias de adulterio, alcoholismo y egos.

Un libro publica historias de infidelidades, vigilancia y alcohol durante la carrera espacial.

En los sesenta, medio de una carrera espacial, los ojos del mundo estaban puestos sobre los astronautas, hombres que proyectaban una imagen impecable que incluía familias perfectas.

Pero esa imagen de semidioses se fue al piso con la publicación de un libro en el que las esposas de los astronautas cuentan sus secretos y frustraciones. Alcoholismo, depresión, adulterio y hasta consumo de drogas hacen parte de las historias contadas por las amas de casa ‘perfectas’ que apoyaban a sus esposos durante sus misiones.

‘The astronaut wives club’ (el club de las esposas de los astronautas) es el título del libro escrito por Lily Koppel, quien le dio voz a estas mujeres casi medio siglo después. “No hablaron antes porque simplemente nadie se molestó en preguntarles”, cuenta el suplemento XL Semanal, que reseñó el libro.

Como la NASA competía directamente con los rusos, que en 1958 llevaban ventaja con el lanzamiento del primer satélite artificial, la imagen que proyectaban era muy importante. Por eso agentes husmeaban en las vidas de los astronautas, para garantizar que cada uno de ellos fuera percibido como un superhombre, y sus mujeres como las esposas perfectas.

“Un fulano de la NASA se presentó en casa de los vecinos y empezó a hacer preguntas sobre nosotros: ‘¿Discuten?’ ‘¿Beben más de la cuenta?'”, cuenta Jane Bassett. Su marido, Charlie, integraba el tercer grupo de astronautas de la NASA. Murió en 1966 en un avión T-38 mientras preparaba su vuelo espacial.

Por su parte, Betty Grissom cuyo esposo, Gus, uno de los siete del proyecto Mercury, murió en un incendio en el Apolo 1, explica que para tomar cualquier decisión en el hogar, era indispensable considerar el efecto sobre la carrera de los maridos.

“Nuestra misión era apoyarlos, no ser neuróticas y ocuparnos de cuidar de los hijos y del jardín. Muchos creían que eran hombres superiores y que sus mujeres también debían serlo“, afirma Jane.

“Houston, tenemos muchos problemas”

Aunque mucho se escribía sobre las perfectas mujeres con sus superesposos, poco se sabía en los medios de otro fenómeno: las ‘groupies’ de la era espacial. Se trataba de un batallón de mujeres empeñadas en acostarse con todos y cada uno de estos nuevos superhombres, que además asistían a fiestas a las que ellos estaban invitados.

Para las esposas la vida era perfecta mientras sus esposos eran pilotos de prueba. Así lo cuenta Harriet Eisele, esposa de Donn F. Eisel, tripulante del Apolo 7: “Entonces teníamos la vida arreglada. Teníamos que ser apolíticas y no podíamos discutir con ellos porque temíamos que murieran en la próxima misión“.

Sin embargo -explica la mujer que hoy tiene 83 años- cuando su esposo fue elegido para una misión espacial, en 1963, todo cambió.

“Nada más llegar a Houston, las cosas cambiaron. Donn se transformó. Cada vez pasaba menos tiempo en casa. Los fines de semana asistía a las incontables fiestas a las que lo invitaban”, narra.

Entonces Harriet descubrió que su esposo le fue infiel. “Estuvo con otra mujer desde hacía años”. Luego de superar el impacto de los hechos, llegó lo impensable: se divorció en 1969.

“Yo creía que las otras esposas no daban el paso por miedo, pues se suponía que un divorcio llevaba al despido fulminante por parte de la NASA. Pero pasó lo contrario, los divorcios fueron cayendo como fichas de dominó“.

Pero esa no fue la única actuación que molestó a la NASA. Betty Grisom entró en conflicto con la agencia tras la muerte de su esposo, ocurrida por fallas técnicas desconocidas en 1967, cuando el Apolo 1 se incendió.

Ella exigió una indemnización de diez millones de dólares, quebrantando el pacto de silencio de las viudas espaciales. La situación llegó a los juzgados, pero para evitar más escándalos se logró un acuerdo extrajudicial por 350.000 dólares.

La NASA en su momento había asegurado que los el esposo de Betty y dos astronautas más habían muerto en nueve segundos, pero un informe forense posterior dejó claro que habían seguido con vida durante por lo menos 15 minutos.

“Querían que estuviéramos calladitas”, dice Betty, quien acusa a la NASA de tratar de borrar el recuerdo de Grissom de la historia del proyecto Apolo y de quedarse de forma ilegal con su traje espacial.

El reencuentro

En 1991 las mujeres se reunieron de nuevo. Habían perdido contacto después de los sesenta. Harriet cuenta que en la reunión estuvo Susan, la mujer del astronauta Frank Borman, quien inició ‘el destape’ cuando rompió en llanto y comenzó a contar que había tenido problemas con el alcohol durante los años de la carrera espacial. Ella se sometió a un programa de desintoxicación en el que la NASA no la ayudó.

Dos elementos aparecen en todas las conversaciones con las mujeres de los astronautas: infidelidades y miedo. Joan Aldrin contó que se había sentido muy sola durante sus años con Buzz, que él tenía problemas con el alcohol y era muy depresivo.

Se supo que las mujeres tomaban ansiolíticos. El caso más relevante fue el de Jane Conrad, la esposa de Pete (el tercer hombre en pisar la luna), quien tenía episodios de pánico ante la posibilidad de que su esposo muriera en una misión.

“Si estábamos angustiadas, hacíamos lo posible para que nadie se enterase. Si queríamos un antidepresivo, no se lo pedíamos al médico de la NASA; visitábamos una consulta privada“, cuenta Jane.

Poco después de trasladarse a Houston, Pete fue bautizado por la prensa como uno de ‘los chicos go-gó’ -junto con Dick Gordon y Alan Shepard- por sus excesos en las fiestas. “No me atrevía a sospechar de Pete. Me negaba a pensar en ello. Muchos sabían de sus infidelidades, pero no querían decírmelo”, dice Jane, quien se divorció de su esposo luego de que él le confesara que le había sido infiel 16 de sus 30 años de casados.

“Quizá fuera culpa mía, por no haberlo tratado como los demás: todo el mundo lo adulaba. Eres fantástico, el más grande. Y él se lo creía”, narra Jane.

Las esposas indicaron que incluso la NASA era laxa a la hora de entregar anfetaminas para que todas se mantuvieran delgadas y “deseables”.

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